Nuestro lazo de unión consiste en aquella fe interna y personal en Jesucristo como nuestro divino Salvador y Señor, sobre la cual todas nuestras iglesias están fundadas: en nuestra aceptación de las Sagradas Escrituras como la fuente inspirada de nuestra fe y la norma suprema de la verdad cristiana; en nuestro consentimiento a la enseñanza de los antiguos símbolos de la iglesia entera, y en aquella sustancia de la doctrina cristiana que es común a los credos y confesiones que hemos heredado del pasado. Humildemente dependemos, como nuestros padres de ayer, de la dirección constante del Espíritu Santo para ser conducidos a toda verdad.
Creemos que Dios, el Padre y Señor de todos, envió a su Hijo Jesucristo para redimirnos del pecado y de la muerte por su perfecta obediencia en vida a su santa voluntad, por su sacrificio en la cruz y por su gloriosa resurrección de entre los muertos.
Creemos que el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios y de Cristo, obra en los corazones de los hombres llamándolos por medio del Evangelio al arrepentimiento y fe, despertando en ellos contrición espiritual por los pecados pasados y confianza en la misericordia de Dios, juntamente con un nuevo propósito y un poder nuevo para cumplir su voluntad.
Creemos que cuando los hombres escuchan el llamamiento del divino amor de Dios con todo su corazón y confian en el Salvador gue su amor ha provisto, tienen la seguridad, según se enseña en su Palabra, del completo perdón paternal, de su favor libra y perfecto, de la presencia del Espíritu Santo en sus corazones y de una bendecida inmortalidad.
Creemos que todos los que mediante la fe son hijos de Dios constituyen la iglesia de Cristo, el cuerpo espiritual del cual El es la Cabeza; que El los ha llamado para proclamar el Evangelio a todo el género humano y manifestar en su carácter y conducta el fruto del Espíritu; que El las ha concedido libertad para crear las instituciones y nombrar los oficiales gue sirvan en cada generación para tales fines, y que para el fortalecimiento de nuestra fe ha dado a esta iglesia los sagrados sacramentos del bautismo y de la Cena del Señor.
Creemos por fin, que de acuerdo con la ley de Cristo, los hombres que han aceptado la fe cristiana viven para servir a los demás; no sólo en lo concerniente a la predicación de la palabra de vida, sino también en el mantenimiento de obras e instituciones de caridad y misericordia, en el sostenimiento de la libertad humana, en la liberación de los oprimidos, en el cumplimiento de la justicia civica y en el rechazamiento de toda iniquidad.
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